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QTR

Una madre en el camino espiritual

Nicoletta Pertosa18 de junio de 2026

Una madre siempre es una madre. Y, por mucho que pueda parecer una afirmación rotunda, a veces es también quien, sin saberlo, transmite a sus hijos límites, miedos y condicionamientos que influyen en su crecimiento y en su libertad de expresión. Por eso considero que es esencial, para una madre, emprender un camino espiritual genuino: no un camino hecho de ilusiones o de simples teorías, sino un recorrido concreto que permita observarse con sinceridad.

Una madre siempre es una madre. Y, por mucho que pueda parecer una afirmación rotunda, a veces es también quien, sin saberlo, transmite a sus hijos límites, miedos y condicionamientos que influyen en su crecimiento y en su libertad de expresión.

Cada pensamiento, cada emoción y cada gesto de una madre llegan al niño de manera profunda, tocando no solo su mente sino también su mundo emocional. Y esto no ocurre siempre de forma positiva. Los niños, sobre todo entre los cero y los siete años, son verdaderas esponjas: del mismo modo en que aprenden a comer, a caminar y a hablar observando el mundo que los rodea, también aprenden a través de la comunicación no verbal y absorben todo lo que pertenece a la dimensión más sutil de la vida.

Y en lo sutil hay mucho más de lo que solemos imaginar.

Por ello considero que es esencial, para una madre, emprender un camino espiritual genuino. No un camino hecho de ilusiones o de simples teorías, sino un recorrido concreto que permita observarse con honestidad, comprender los propios mecanismos interiores y transformar lo que no pertenece verdaderamente a la propia esencia.

Con frecuencia creemos ser simplemente nosotras mismas, pero en realidad llevamos dentro esquemas, creencias y programas que se transmiten de generación en generación: de madre a hija, de familia en familia, a lo largo de todo el árbol genealógico.

A veces, entonces, una madre no es solo una madre. Es también el conjunto de las historias, las experiencias y las identidades que la precedieron y que siguen viviendo a través de ella, hasta que elige conscientemente interrumpir ese flujo y vivir de acuerdo con su verdadera naturaleza.

Mi camino espiritual comenzó con Ileana Rotella. A partir de sus conocimientos en el campo esotérico, sus estudios, su experiencia y su don natural para "unir los puntos", desarrolló la técnica Quantum Touch Releasing® (QTR). Gracias a ella y a su método, tuve la extraordinaria oportunidad de aprender a mirarme hacia adentro con ojos distintos. Empecé a soltar el juicio hacia mí misma y hacia quienes me precedieron, comprendiendo que cada generación hizo lo que pudo con las herramientas que tenía a su alcance. Descubrí, con asombro, que puedo marcar una diferencia para todos mis antepasados y que, a través de este trabajo, mi árbol genealógico, pasado y futuro, tiene la posibilidad de florecer.

Este trabajo interior me ha permitido mejorar mi propia vida y, como consecuencia, la de las personas que amo, empezando por mi hijo.

Un sistema entero de creencias limitantes, arraigado a lo largo de generaciones, no se disuelve con un simple chasquido de dedos. Se necesita compromiso, constancia y la voluntad de mirar de frente lo que va emergiendo. Pero cada paso adelante es una victoria real.

A lo largo de este recorrido me he enfrentado a esquemas limitantes relacionados con el éxito, el dinero, la relación de pareja, el papel de la mujer, la maternidad, el aprendizaje y la realización personal. Identifiqué creencias que frenaban mi crecimiento y que, en silencio, influían también en mi manera de ser madre.

Cuando se empieza a ver con claridad estos mecanismos, surge de manera espontánea una pregunta: ¿cómo se puede seguir dejándolos actuar sin hacer nada? Por el propio bienestar y por el de los hijos, llega un momento en que es necesario decir: «Basta, elijo la vida, elijo ser otra cosa, elijo ser simplemente yo misma».

Gracias al QTR®, este proceso de transformación se ha vuelto para mí más sencillo y natural. Requiere presencia, responsabilidad y continuidad, pero los resultados llegan.

Lo más sorprendente es que el cambio no se manifiesta únicamente dentro de nosotras. Con frecuencia la primera señal viene de nuestros propios hijos: los vemos de repente más serenos, más seguros, más colaborativos, más dispuestos a salir al mundo. Entonces se vuelve evidente que, al liberarnos de viejas cargas, les damos también a ellos el permiso de ser simplemente lo que son.

El mayor regalo que una madre puede hacerles a sus hijos es precisamente este: trabajar en sí misma para que ellos puedan crecer más libres.


Nicoletta Pertosa

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